miércoles, 11 de marzo de 2009

Promesa de América

"El tigre azul romperá el mundo.

Otra tierra, la tierra sin mal, la tierra sin muerte será nacida de la aniquilación de esta tierra. Así lo pide ella. Ella pide morir porque pide nacer, esta tierra vieja y ofendida que esta cansadísima y ya ciega de tanto llorar. Moribunda la tierra atraviesa los días, basura del tiempo, y por la noche tira piedad a las estrellas. Pronto el padre primero escuchará la suplica del mundo. Tierra queriendo ser otra. Tierra queriendo morir, tierra queriendo nacer. Y entonces, soltará al tigre azul que duerme junta a la hamaca.

Esperando ese momento los indios guaraníes, viajan por la tierra condenada. Y bailan sin parar, anunciando, celebrando el próximo nacimiento de la tierra nueva. La que será fundada sin vejez, ni enfermedad, ni nada que interrumpa la incesante siesta de vivir.

El maíz crecerá por su cuenta. Las flechas se dispararan solas. Y no serán necesarios el castigo ni el perdón porque no habrá prohibición ni culpa.

Eduardo Galeano"

lunes, 2 de marzo de 2009

Es la economia, estúpido!

"Chequeen los blogs de Tortosa y otro más que hace referencia.

Solidaridad y Competencia, y
Es la Economía estúpido http://mundomundialtortosa.blogspot.com/

La ideología del libre comercio - http://www.juantorreslopez.com/"

-(09')-


viernes, 27 de febrero de 2009

Caracazo - El día en que bajaron de los cerros

"Lo que temía la Caracas acomodada, la irrupción de los marginados, ha bañado de sangre el país y "es sólo un aviso"

JOSÉ COMAS ENVIADO ESPECIAL, - Caracas - 05/03/1989
tomado de elpais.com

La boda del siglo tituló con todas sus cinco columnas de primera página el pasado 19 de febrero el Diario de Caracas, con un breve antetítulo que decía: La crisis tiene sus excepciones. Por encima de una foto de los novios escribía el periódico que "fue la de la pareja Fernández Tinoco-Cisneros Fontanels, Gonzalo y Mariela, quienes contrajeron nupcias en la capilla de las Siervas del Santísimo. De allí el cortejo partió en 20 pullmans y un Rolls Royce hasta el Alto Hatillo, donde un bufé rebosante de caviar, langosta y salmón fumée, regado por champaña La Grand Dame -de la cosecha más apetecida-, esperaban a 5.000 invitados, de los cuales 200 habían llegado desde el extranjero, con pasaje pagado desde Caracas. "

Al mismo tiempo que los invitados degustaban el "bufé rebosante", en la cadena de supermercados Cada, la mayor del país, propiedad de la familia de la novia, Mariela Cisneros, el grupo financiero más fuerte de Venezuela, faltaban buena parte de los productos básicos. Lo mismo ocurría en gran parte de los comercios del país. El anuncio de la entrada en vigor de nuevas medidas económicas, anunciadas por Carlos Andrés Pérez, que había asumido la presidencia el 2 de febrero, desencadenó la codicia de los comerciantes. En espera de las subidas de los precios liberados, los comercios retenían mercancías en las bodegas. El mercado quedaba desabastecido en un país que había dejado de ser la Venezuela saudí de los años setenta, época de la primera presidencia de Pérez, y había entrado de lleno en la en crisis de los ochenta, de la deuda externa y la pauperización.Una cuestión semántica.

Caracas está situada en un valle a casi 1.000 metros de altura y tiene un clima de eterna primavera. La ciudad creció por los montes que la rodean e invadió los cerros, donde sobreviven los pobres, y las colinas, donde moran los ricos. Geográficamente, no existen diferencias entre cerros y colinas, pero la nomeclatura se encarga de marcar claramente las fronteras: cerros para pobres y colinas para ricos. Por las noches desde el valle de Caracas se ven las miles de lucecitas de los cerros, que rodean de forma amenazadora la ciudad. Comentario habitual, con un leve toque de cinismo, en torno a una cara bebida de importación, solía ser en Caracas: "¿Qué ocurrirá el día que bajen de los cerros?".

El lunes 27 de febrero se juntaron en una constelación la deuda externa, el Fondo Monetario Internacional y las transnacionales; la voracidad y lujo desenfrenado de la oligarquía criolla con sus bodas del siglo; el desgobierno de años de despilfarro durante la Venezuela saudí; la falta de previsión de políticos tecnócratas, que no supieron, o no quisieron, creer en los altos porcentajes de población que vivían la miseria absoluta; también las expectativas despertadas por la nueva presidencia de Pérez que recibían una ducha fría en forma de subidas de precios, cuando todos esperaban la llegada de un Mesías populista que empezara con el reparto imposible. En el libro La reforma del Estado, editado por la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, se constata que entre 1984 y 1988 el número de hogares pobres pasó de 944.000 a 1.919.000, que no tienen acceso a la canasta de consumo normativo, considerada como básica para alimentación, vivienda y salud. Según el mismo estudio, "el 20% más rico de la población percibe el 60% del ingreso total, en tanto que el 20%, más pobre únicamente recibe el 7% de esa misma entrada".

La conjunción de todos estos factores en el cinturón de miseria que rodea a Caracas era un com6ustible capaz de provocar, en cualquier momento, un incendio. La chispa que desencadenó todo fue una subida de los precios del transporte. Venezuela se ufanaba de tener la gasolina más barata del mundo. Antes de la revuelta, un litro de gasolina Super costa 1,50 bolívares (4,50 pesetas). Con la subida de precios el litro de Super se puso en 2,75 bolívares (7,95 pesetas). Probablemente siga siendo, a pesar del incremento, la gasolina más barata del mundo, pero la subida fue el disparo de salida, que desencadenó los motines más graves de la reciente historia venezolana, incluida la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, según dicen los viejos del lugar.

La subida del transporte

Guarenas es una ciudad-dormitorio situada al Este de Caracas. Cuando el lunes 27 de febrero muchos tomaban los autobuses que trasladan a la capital, para ganarse el pan que faltaba en los supermercados, se encontraron con que los precios del transporte se habían disparado hasta un 300%. Los transportistas aprovecharon la subida de la gasolina, de un 75%, para elevar desorbitatamente el precio de los billetes. Con tonos agresivos, decían a los viajeros: "El precio es ese y, si no está conforme, se va". Allí prendió la chispa que hizo arder durante tres días Venezuela y llegó incluso a hacer reflexionar a los que en las metrópolis del primer mundo fijan los intereses de la deuda externa, si realmente no será verdad eso que se viene anunciado de que un fantasma recorre América Latina, la explosión de todo un continente.

A la quema de autobuses siguieron los saqueos. En los ranchos (chabolas) de Caracas falta todo, menos la antena de televisión, conectada a una electricidad probablemente pirateada de la conducción de energía. Esa televisión que atonta las mentes con culebrones telenovelados y, al mismo tiempo, despierta deseos frustrados con una publicidad obsesiva de un mundo inaccesible de bebidas importadas y lujos imposibles para los centenares de miles de marginados de la sociedad venezolana. Tras tomar las calles y quemar los carros (coches), la agresividad resultante de años de frustración se orientó hacia objetivos más prácticos y concretos: los supermercados y establecimientos comerciales. La periodista Estrella Gutiérrez describe que "como bandadas de langostas, habitantes de los cerros que bordean el valle de Caracas y donde se asientan los barrios más pobres, descendían, en grupos familiares completos, y arrasaban con todo a su paso, para volver a sus hogares cargados con lo más posible". Las imágenes de la televisión sirvieron de multiplicador y pauta de conducta, casi una invitación al pillaje. En un primer momento la policía no reprimió. Esto animó más a los que participaban en la orgía de un botín fácil de aquellos bienes que toda la vida les habían sido vedados.

En ocasiones era posible ver cómo bandas de gente de todas las edades saqueaban un comercio mientras que la Policía Metropolitana permanecía casi impasible, entre cómplice e impotente. Algún policía llegó incluso a advertir a los saqueadores que tuviesen cuidado y se apresurasen, porque "va a llegar la Guardia". Un sargento de la Policía Metropolitana comentaba a Estrella Gutiérrez: "Nos han dicho que no disparemos a la gente. Además, ¿por qué vamos a hacerlo, si nosotros somos del pueblo?".

Esta actitud permisiva inicial de la policía hizo incontrolable la explosión social. El Gobierno tuvo que recurrir a las Fuerzas Armadas, suspensión de garantías constitucionales e implantación del toque de queda en todo el territorio nacional.

El presidente Pérez explicó después a la Prensa internacional que "el movimiento especulativo, que se ha producido en sectores del comercio. y de la producción hoy ha tenido una lección tremenda, porque es bueno saber que estas manifestaciones, que se produjeron en Caracas, no tuviron el sesgo político de ser una protesta contra el Gobierno o contra los partidos, sino que fue una acción contra la riqueza fue una protesta contra los ricos".

Antes y después

La historia venezolana pasará a escribirse desde un antes y un después de la reciente explosión social. De momento, las organizaciones patronales parecen haber aprendido la lección. Días antes se habían mostrado reticentes, pero después de lo sucedido aceptaron un aumento salarial para el sector privado de 2.000 bolívares (6.000 pesetas).

"Lo ocurrido ha sido un aviso", comentaba Elisa, una madre de familia de clase media. Esa frase resume el sentir de muchos venezolanos. La cuestión ahora es saber si la explosión y la bajada de los cerros, con su secuela de casi un millar de muertos, han tenido un efecto de vacuna o sólo ha sido un comienzo.

jueves, 26 de febrero de 2009

Solidaridad A Sueldo

"Santiago Alba Rico
Revista Teína nº 20

¿Es posible interesarse por el dolor de un hombre que no es pariente nuestro, de un niño que no hemos educado, de una mujer a la que no hemos amado nunca? ¿Es posible elegir como igual estricto a un desigual lejano, como afín completo a un extranjero remoto? Si hay explicación sociológica para la hostilidad y la indiferencia, no la hay quizás para esta fulgurante cristalización de simpatías cancerosas que precipitan, a partir de su composición química misma, una intervención en el mundo. Llamamos -o deberíamos llamar- “solidaridad” al brazo armado de la compasión, a la solidificación del compromiso: el hecho de elegir libremente la necesidad ajena, de suprimir por propia voluntad -sacudidos por el dolor o contaminados por la idea de un desconocido- las condiciones mismas que permiten este acto de libertad. La compasión activa que Todorov identifica con la “moral de simpatía” encuentra su máxima expresión en la decisión absurda y luminosa de los solidarios suicidas que, no pudiendo soportar el sufrimiento de los judíos, se incorporaban de un salto -piedad instintiva, bondad refleja- a los vagones de ganado destinados a los lager . El compromiso activo (asociado a la “moral de principios”) se resume, por su parte, en el ejemplo movilizador de los muchos comunistas o socialistas de todo el mundo que abandonaron sus casas y sus familias para morir en la guerra civil española luchando contra el fascismo. Compasión y compromiso, moral y política, se dan cita hoy en la admirable coherencia de los cooperantes y médicos que deciden compartir el dolor y la lucha de los habitantes de Gaza como consecuencia de una doble intolerancia física e intelectual hacia el concreto sufrimiento ajeno y hacia la objetiva injusticia general. "

Lo sólido, decía Marx, se disuelve en el aire. La solidaridad -su pariente etimológico- también. Es cierto que el capitalismo, que licuefacta todas las consistencias y sólo permite los vínculos débiles y fricativos del consumo, desactiva sin interrupción las conexiones políticas y morales con los otros. Pero es sólo parcialmente cierta la afirmación que pretende -mientras caen bombas, por ejemplo, sobre Gaza- que “a nadie le importa el sufrimiento de los demás”. Lo que llamamos “indiferencia” consiste más bien en una fluyente corriente de simpatía mayoritaria, originalmente justa, hacia los injustos: los ricos, los poderosos, los famosos y hasta los asesinos. Nos importa el sufrimiento de la princesa Letizia o de John Travolta, el de la soldado estadounidense que no puede adoptar un perro iraquí o el del padre israelí que ha perdido a su hijo soldado; nos importa el dolor del millonario suicida y el del mafioso operado de próstata. Esta solidaridad pasiva con los fuertes, que se explica banalmente por la insistencia con que nos obligan a mirarlos, y por el gusto de igualarnos a desiguales superiores, constituye un formidable soporte social de la fuerza que, del otro lado, persigue y criminaliza la solidaridad con los débiles y los justos.

Al mismo tiempo, solidarios con los vencedores, la moral y la política encogen también cada vez más su margen de radiación a causa de la desproporción que existe entre lo que podemos saber y lo que podemos hacer; es decir, entre el orden de la información y el de la intervención. Mientras que nuestro campo de visión es virtualmente ilimitado -están más cerca Australia o Pakistán que nuestra propia cocina-, nuestro campo de intervención no deja de estrecharse, hasta el punto de que al final, sin organización, sin medios, sin proyectos colectivos, el único lugar donde podemos introducir algún efecto es precisamente nuestra propia cocina: tanto más se impone este acurrucamiento en lo privado y lo doméstico cuanto más libremente, sin consecuencias ni huellas, podemos pasearnos, arriba y abajo, a lo largo y a lo ancho, por el mundo exterior.

Solidaridad y sueldo comparten también la misma raíz etimológica. Lo único sólido es el sueldo; y toda una serie de intervenciones históricas -económicas y políticas- contra la compasión y el compromiso activos han acabado por desprender este insólito oxímoron: la solidaridad asalariada. El término mismo -”solidaridad”- se presenta hoy aligerado de toda electricidad ideológica, escuetamente administrativo, y se utiliza para encubrir y reproducir los conflictos de clase, las desigualdades, la fuerza de los fuertes, bajo una institucionalización fraudulenta y monopolista: están los ejércitos “humanitarios”, dotados -estos sí- de medios y poder para la intervención, con sus monstruosos soldados solidarios distribuyendo cadáveres y mantas para cubrirlos; y está el sarampión de las ONGs, filiales postmodernas de los gobiernos dedicadas -salvo excepciones- a “desmoralizar” y “despolitizar” todos los escenarios de pobreza o de violencia; es decir, a despuntar y vaciar de contenido el concepto original de “solidaridad” para convertirlo -a la medida del contrato capitalista- en un intercambio individual entre desiguales. Así es como los occidentales hemos acabado por dejar fuera a todo el resto del mundo: pagamos sueldos a solidarios especializados y nos solidarizamos -no con las víctimas, no- con los solidarios a sueldo (y con sus gobiernos). Más allá de ese círculo virtuoso, sólo hay ya desgraciados y desalmados o, lo que es lo mismo, aterrorizados y terroristas. Y cada vez es más difícil distinguirlos.

http://www.revistateina.com/teina/web/teina20/dos1.htm

El primer presupuesto de la era Obama prevé una gran redistribución de la riqueza

"Unas veces te puedes permitir redecorar tu casa, otras sólo te puedes centrar en reconstruir sus cimientos". Esta es la imagen que ha utilizado el presidente de EE UU, Barack Obama, para explicar la situación de las maltrechas cuentas públicas durante la presentación de sus primeros presupuestos, realizada poco después de las 16.00 hora peninsular. Obama ha asegurado que habrá que tomar decisiones muy "duras" de ahora en adelante. Con el peor panorama económico desde la Gran Depresión, el primer presupuesto de la era Obama prevé una gran redistribución de la riqueza a través de una mayor carga fiscal que permita financiar otros servicios. Los pasos de la nueva Administración irán destinados a reconstruir, desde sectores como la sanidad y la energía, una economía que ofrece un estado lamentable.
Obama pone en marcha un gran plan para salvar la economía

Unas veces te puedes permitir redecorar tu casa, otras sólo te puedes centrar en reconstruir sus cimientos
Obama ha cifrado el déficit de la economía estadounidense para el final del año fiscal, que empezó hace cinco meses, en 1,75 billones de dólares, el más alto desde la II Guerra Mundial. La cifra es un billón más de lo previsto hace un año. Tras las altas deudas que ha dejado George W. Bush, este dato se sitúa por encima de los 1,2 que tenía previstos la Oficina de Presupuestos del Congreso, y representa un 12,3% del Productor Interior Bruto (PIB) de EE UU. Durante su intervención en el Congreso, el presidente ya advirtió que sería "necesario más dinero público" para luchar y superar la crisis.
El objetivo de Obama es el de reducir este déficit hasta 533.000 millones de dólares para el 2013, lo que supone un 3% del PIB estadounidense. Para llegar a esta cifra, Obama ha prometido un recorte del gasto público que podría llegar a los dos billones de dólares. El presidente ha prometido mirar los libros "línea por línea, página por página" para acabar con los gastos públicos excesivos e indeficientes.
Sanidad
El presidente de Estados Unidos utilizará los impuestos de los más ricos para financiar sus ambiciosas reformas, según la información del The New York Times. Estas inversiones son a corto plazo y se harán a través de una redistribución de la riqueza. Incrementará las tasas entre los más ricos con el objetivo de usar esa recaudación para sus planes.
Uno de esos grandes planes es la sanidad, máxima prioridad del Ejecutivo demócrata y de un gran coste. A partir de una nueva política fiscal, el Gobierno de Obama quiere incrementar los ingresos del Estado en unos 318.000 millones de dólares en los próximos 10 años, con lo que se financiará la mitad del fondo de reserva de 634.000 millones de dólares con el que quiere transformar el sistema sanitario.
Gasto militar
Los recortes son tan severos, que el Secretario de Defensa, Richard Gates, ha pedido a los oficiales del Estado Mayor que los hagan públicos. Lo que sí es seguro es que el sistema de defensa antimisiles será el primer perjudicado. Además, el vasto programa de modernización del Ejército sufrirá fuertes recortes. El Gobierno estadounidense espera que el coste de las guerras en Afganistán e Irak ascienda para este año hasta los 140.000 millones de dólares, frente a los 190.000 de 2007, según ha confirmado una fuente de la Administración a la agencia Reuters. Para el 2010, la Casa Blanca prevé tener una partida de 130.000 millones de dólares mientras que los costes anuales para los sucesivos años caerán hasta tan sólo los 50 millones de dólares. En 2011, la Obama tiene previsto retirarse de Irak.
El Congreso ya ha dado el visto bueno a la mitad de ese dinero solicitado por la Administración Obama, pero será necesaria una partida "suplementaria" de unos 75.000 millones de dólares para alcanzar sus objetivos en Afganistán.
Energía
Las nuevas cargas fiscales sobre las empresas más contaminantes permitirán implantar un proyecto de desarrollo de energías renovables como reducir las emisiones de gases, especialmente las de dióxido de carbono. La iniciativa en este sector por parte de Obama tendrá además una consecuencia inmediata: todas las medidas del Ejecutivo para transformar la energía del país se legislarán a no muy tardar este año. El cambio climático entra dentro de la agenda del nuevo presidente y las energías verdes serán su base, tal y como ya ha anunciado en varias ocasiones.

http://www.elpais.com/articulo/internacional/primer/presupuesto/era/Obama/preve/gran/redistribucion/riqueza/elpepuint/20090226elpepuint_8/Tes

trama 11-S para el trabajo de RRII

http://www.voltairenet.org/article156948.html
http://www.animalweb.cl/n_o_imperial/sept_11/temperatura_en_el_wtc.htm
http://911allthetruth.wordpress.com/2008/11/07/torres-gemelas-fueron-creadas-resistir-impacto-aviones/
http://911research.wtc7.net/planes/analysis/norad/
http://www.guardian.co.uk/world/2002/mar/19/september11.iraq

miércoles, 25 de febrero de 2009

La doctrina Klein: El auge de la polémica del desastre

Johan Norberg

El libro The Shock Doctrine (La doctrina del shock)*, de Naomi Klein, pretende ser una denuncia de la naturaleza despiadada del capitalismo de libre mercado y de su reciente exponente principal, Milton Friedman. Klein sostiene que el capitalismo va de la mano de la dictadura y la brutalidad, y que los dictadores y otras figuras políticas inescrupulosas se aprovechan de los “shocks” —catástrofes reales o fabricadas— para consolidar su poder e instaurar reformas de mercado impopulares. Klein cita como ejemplos de este proceso los casos de Chile durante el gobierno del general Augusto Pinochet, Gran Bretaña con Margaret Thatcher, China durante la crisis de la Plaza de Tiananmen y la actual guerra en Irak.
El análisis de Klein tiene defectos insalvables en casi todos los niveles. Las propias palabras de Friedman revelan que es un defensor de la paz, la democracia y los derechos individuales. Él sostenía que las reformas económicas graduales son, en general, preferibles a las drásticas, y que el público debe contar con toda la información pertinente a fin de prepararse mejor para recibirlas. Además, Friedman condenó las violaciones de derechos humanos que se dieron durante el régimen de Pinochet y se opuso a la guerra en Irak.
Los ejemplos históricos que da Klein también se desmoronan si se los analiza en detalle. Por ejemplo, Klein alega que el objetivo de la represión a la sociedad civil en la Plaza de Tiananmen era suprimir la oposición a las reformas pro-mercado, cuando, en realidad, paralizó la liberalización por años. También afirma que Thatcher usó la Guerra del Atlántico Sur como distracción para aplicar sus impopulares políticas económicas, cuando, en la práctica, esas políticas y sus resultados gozaban de un fuerte apoyo del público.
Sucede lo mismo con las afirmaciones empíricas de carácter más general de Klein. Las encuestas sobre libertad política y económica revelan que los regímenes políticamente menos libres tienden a resistirse a la liberalización del mercado, mientras que los estados con mayor libertad política suelen buscar también la libertad económica.
Introducción
Desde que se publicó, en septiembre pasado, el libro de la canadiense Naomi Klein The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism, ya se ha convertido en la Biblia de los jóvenes activistas anticapitalistas. La obra también fue elogiada por críticos consolidados. Como explica el filósofo John Gray en The Guardian: “Hay muy pocos libros que realmente nos ayudan a entender el presente. La doctrina del shock es uno de ellos”.1 En el New York Times, Joseph Stiglitz, ganador del premio Nobel, escribe que es “una descripción detallada de las intrigas políticas necesarias para imponer políticas económicas desagradables en países que no las aceptan fácilmente”.2 Según los editores de Amazon.com, es uno de los diez mejores libros de no-ficción de 2007.
La tesis de Klein es que la liberalización económica es impopular y, por lo tanto, solo puede triunfar mediante el engaño o la coerción de los votantes. En particular, las ideas de libre mercado se sirven de las crisis. En épocas de desastre natural, guerra o golpe militar, la gente está desorientada y confundida, y lucha por su propia supervivencia o bienestar inmediatos, lo que allana el terreno para que las corporaciones, los políticos y los economistas liberalicen el comercio, lleven a cabo privatizaciones y recorten el gasto público sin enfrentar ninguna oposición. Según Klein, los economistas “neoliberales” recibieron con agrado el huracán Katrina, el tsunami de 2004 en Indonesia, la guerra en Irak y los golpes militares en América del Sur de la década de los setenta ya que fueron oportunidades para borrar las políticas del pasado e introducir modelos radicales de libre mercado. Si las guerras y los desastres no son suficientes para que los ciudadanos entren en estado de shock, los neoliberales, supuestamente, ven con buenos ojos que quienes se oponen a la reforma sean atacados y torturados hasta la sumisión. El principal villano en la historia de Klein es Milton Friedman, el economista de Chicago que hizo más que nadie en el siglo XX por popularizar la economía de libre mercado.
Para demostrar su argumento, Klein exagera las reformas de libre mercado que se instauran en tiempos de crisis, muchas veces, no prestando la debida atención a acontecimientos cruciales y reescribiendo las cronologías. Usa metáforas vagas y distorsiones desbocadas para sostener que los mercados libres son una forma de violencia. Confunde el libertarismo con el corporativismo y el neoconservadurismo y acusa a Milton Friedman de alentar la reforma furtivamente. Para eso, se aboca a una de las distorsiones más malignas de un pensador que se haya registrado en los últimos años. Klein intenta retratar al Dr. Friedman, quien es un hombre afable y amante de la libertad, como un Mr. Hyde insensible y belicista
continuacion...
http://www.elcato.org/node/3602